jueves, 14 de marzo de 2013



Buenas a tod@s, la verdad no se por donde empezar, he abandonado un poco el blog, me ha pasado algunas cosillas y no he tenido tiempo ni he estado lo suficientemente animada para ponerme a ello, mis más sinceras disculpas.
Por probar algo diferente y siguiendo el consejo de una persona importante en mi vida, les voy a poner un trocito de mis ratos de aburrimiento que ya tiene cientos de páginas, esperando que alguna de vosotras se aburra lo suficiente para dedicarle un ratito y leerlo y si es así que me comenten que les ha parecido, ¡¡no sean muy crueles conmigo!! jiji.
Besitos para todos y espero poder estar más presente.
B


Capitulo 1.

Desistió por enésima vez, estaba cansada de explicar lo que significan aquellas obras de arte a los turistas ancianos que no entendían ni un ápice de la delicadeza del cuadro, de la simplicidad que ahogaba una tragedia, de la soledad, de todo aquello que  la hacían sentir.

Se dedicaban a comentar que el arte ya no era lo que fue en otros tiempos infravalorando algo que no llegaban a comprender…

Frustrada y algo cansada también, se apartó un mechón de su cola de caballo rubia, que había caído sobre su mejilla, colocándolo detrás de su oreja.

Volvió a mirar a los ancianos, una extraña pareja que la observaban con una sonrisa a modo de despedida, ella se la devolvió… pero no una sonrisa franca, sino una de tristeza mientras los veía alejarse.

 El señor mayor colocaba un brazo por encima de su esposa con ternura, como si aquel simple gesto la pudiera proteger de cualquier cosa y aquella estampa hizo que se le encogiera el corazón, porque en su interior sabía que no tendría un futuro tal, sabía que la albergaba lo que ella más temía, y sin embargo en lo que se refugiaba por sus fantasmas, sus miedos, algo a lo que se aferraba y aún así detestaba, su soledad.

Sacudió la cabeza como si pudiera alejar ese pensamiento que la martirizaba y que le rondaba siempre la cabeza.
Ya está bien de auto compadecerse Allegra, deja de pensar en tus tonterías…volví a contemplar el cuadro y su sencillez volvió a abrumarme.

Tuve que girarme y alejarme me sentía como cuando de niña vi por primera vez  Las Meninas de Velázquez acompañada de mi padre en el museo del Prado, mientras el me sostenía la manita y sonreía por mi expresión extasiada, sorprendida, ese fue el primer momento en que supe que tenía que dedicar mi vida a este campo, al arte, pues todo lo que tenía que ver con el me causaba admiración.

Bip, bip, bip.

Mierda…

Un mensaje.

 La loca de Charlotte me había sacado de mi ensoñación y me había devuelto a la realidad.

-¡En 30 minutos almuerzo! No me hagas esperar, besitos.

Esta chica es un caso…

Todos los días quedábamos para almorzar en nuestros descansos del trabajo, aún así ella siempre mandaba un mensaje, le encantaba enunciar su llegada… eso me hizo sonreír…

Charlotte, mi paño de lágrimas y la que me sacaba siempre las sonrisas, la persona más divertida y controladora que conocía y lo mejor de todo es que aún seguía intentando comprender como conseguía combinar esas dos “virtudes” suyas que me hacían adorarla e intentar asesinarla a partes iguales.

Me fui al despacho, con el propósito de no hacerla esperar como me había advertido.

Cogí mi trench color beige, me lo puse sobre el vestido azul marino de tubo que llevaba y me apresuré a coger el bolso. La una y diez, ya llegaba tarde, Charlotte me iba a matar.

La vi esperando en el banco de siempre con cara de pocos amigos.

-Lo siento se me hizo tarde, tenía…

- ¿Papeleó? ¿Una obra que llegaba a la galería y debías supervisarlo? ¿La petarda de tu jefa?

Me reí no pude evitarlo.

Después de la cara de ¿a quién pretendes engañar? Ella también se rió.

-Lo siento, enserio- dije intentando sofocar la carcajada.

-¡Olvidas con quien hablas guapa!- espetó.

-Para nada, Char, para nada, nadie como tú me pilla las mentirijillas.

- Te conozco como la palma de mi mano, para mí no tienes secretos, eres Allegra…-pensó por un momento, buscando una comparación- el libro casi tan abierto como mis piernas- soltó del tirón.

Una señora que pasaba a nuestro lado, la miró con gesto de desaprobación.

Las dos volvimos a carcajearnos.

-Me muero de hambre, deja de torturar a los transeúntes con tu descaro y vamos a comer- puse mi mejor cara de convencimiento.

-Si vamos, que a este paso entre esperarte y el riesgo de que me detengan por alteración del orden público me quedo sin comer.

-Quiero que sepas- dije mirándola seriamente- que si ocurriera algo así, tome la determinación hace mucho tiempo de que iría a la cárcel a llevarte el almuerzo.-volví a reírme.

-¡Graciosa!- me dijo mientras me soltaba un codazo.

Como siempre acabamos en el restaurante, que había a unas calles de donde trabajaba, eran expertos en ensaladas, siempre había alguna mezcla que me sorprendía y Char y yo las habíamos probado casi todas. Bill el camarero del bar usualmente nos informaba de las novedades del menú, sabía que ambas éramos ávidas a probar todo tipo de combinaciones.
-¡Pero si son mis clientas más selectas!- nos dijo a modo de broma- ¿Qué van a pedir hoy mis chicas favoritas?

Charlotte me miró.

Yo hice mi pedido y le devolví la mirada.

-¡Eres un adulador Bill!- soltó con esa sonrisilla de conquistadora que caracterizaba a mi amiga. Lo tenía en el bote hace tiempo y ella lo sabía.- quiero lo mismo que Alle- añadió- no quiero que luego me restriegue lo buena que estaba su ensalada y no me deje probarla…-dijo haciendo un pucherito.

-¡No se me ocurriría!- dije yo sin poder contenerme.

Ambos me miraron, Bill rojo por el momento de coqueteo y Charlotte sonriendo con seguridad, como solía hacer.
Bill se fue, mirando de vez en cuando hacía nuestra mesa.

-¡Eres mala! ¿Por qué le coqueteas y luego cuando él te devuelve las insinuaciones le cortas?

-No lo hago conscientemente Alle, tú lo sabes- me acusó.

Y era cierto, lo hacía inconscientemente, en su naturaleza sin duda estaba una mujer que adoraba el flirteo en todos sus aspectos.

Nos conocemos desde el instituto, desde que yo tenía quince años, y desde que la conocía no había cambiado un ápice ese aspecto de su forma de ser, siempre tenía algún repuesto para cuando se aburría.

Charlotte solía llamar la atención por su cabellera pelirroja, que había menguado en tamaño desde que nos conocíamos, le encantaba cortarse y peinarse continuamente, largo, corto, ondas, rizos, aunque últimamente se había controlado un poco.
Actualmente llevaba el pelo cayéndole sobre los hombros, desfilado con un flequillo ladeado y liso.

Cuando conseguías apartar los ojos de su pelo te perdía en el contraste de sus enormes ojos verdes. Era atractiva, pero había algo en su rostro un gesto de amabilidad, quizás por lo risueña que era y por esas pequitas que a veces asomaban bajo su maquillaje.

Trabajaba en una empresa de las que te cansan con el papeleo, pero por suerte para ella había ascendido varios escalones y era ella quién torturaba a sus subordinados.

-All, ¿a qué no sabes qué?- me dijo mientras devorábamos nuestras ensaladas, con demasiado entusiasmo.

-No, no sé- contesté demasiado borde, concentrada en recordar olvidarme de la parejita de ancianos.

-Tus ganas de saberlo me abruman…-me contestó desanimada.

-Lo siento estaba pensando en otra cosa- dije, esta vez prestando real interés a lo que ella quería compartir.

-Ni que lo jures…-espetó antes de continuar- bueno te informo, que tengo un nuevo compañero con el tengo que compartir la codirección de mi departamento- lo sabía ella lo había comentado hacía unas semanas desanimada, pero en el tono que me lo contaba parecía que había cambiado de opinión- Pues resulta, que es Jefferson Severide, y es…-hizo una pausa para coger aire y poner más ilusión a lo que decía- ¡Oh! Tendrías que verlo, es un dios, pienso comprobar si puede hacer todas las cosas que ha hecho ya en mi mente, quiero que lo sepas.-añadió, haciendo el tono más serio.

-¿Estás loca? Es tu compañero de trabajo.- le dije intentando prevenirla de problemas.

-No hay normas que lo prohíban en la empresa. Lo he comprobado- añadió con condescendencia.

-No puedo creer que lo conocieras hoy en el trabajo y ya hayas buscado esa información.- le comenté, aunque viniendo de ella no podía sorprenderme.

-Es que desde el momento en el que le vi supe que iba a caer en la tentación, y cuando digo esto me refiero a él, no va a poder resistirse- sonrió.

-Eres increíble…ten cuidado piensa que cuando todo ese sexo apasionado haya acabado, la llama se haya apagado, y conozcas al hombre puede no gustarte, y tendrás que verlo a diario y lidiar con el.- sentencié.

-¿Sabes? Eres única, barriendo con mis esperanzas.

-Sólo quería que lo tuvieras en cuenta antes de sacar tus armas…- la miré con dulzura.

-Lo sé.

Terminamos de pagar y nos dirigimos a la puerta, había empezado a llover. Me despedí de Char mientras me abrochaba el abrigo ella salió corriendo y la vi desaparecer en una de las esquinas, mientras yo me armaba de valor para salir a la calle.
En un principio intente cubrirme inútilmente, pero al final desistí.

Decidí disfrutar de la sensación de la lluvia, de la libertad que me aportaba estar debajo de ella, dándome igual lo empapada que estaba. Viendo como los demás corrían a cobijarse, yo permanecí parada sobre la acera con mis stilletos color nude, mirando al cielo, agradeciendo las gotas que caían sobre mí y me hicieron sonreír.

De repente, tuve una sensación de nerviosismo, que hizo que me temblaran las rodillas y una voz enfurecida, me sacó de mis pensamientos por segunda vez en el mismo día. Lo que más me sorprendió, fue cuando me giré y contemple a la persona que me había gritado, me dejó sin aliento y en mi mente repetí las palabras que oí, pero no llegué a escuchar:

-¿Esta usted loca?

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